Creía en las promesas tanto como en el aire; no las veía ni las notaba, pero sabía que estaban ahí. Su problema siempre fue que no se le daba bien creer sin ver. Joder, si le habían inculcado un Dios desde que había ido al colegio y seguía siendo tan atea como cuando había nacido.
Pero las promesas jodieron viva su lógica, empezó a creer ciegamente y no vio que lo próximo que se encontraría sería una pared. La pared que él había puesto entre ellos, entre ese ''nosotros'' que tanto les había costado formar.
Sus promesas nunca fueron de película, ni fueron bonitas; ni siquiera platónicas. Eran palabras que se llevaba el viento, palabras en las que ella creyó y terminó ahogándose. Él había guiado su ilusión por caminos oscuros y peligrosos y la había arrojado al océano cuando ni siquiera sabía nadar, porque no sabía dónde estaba. ¿Y cómo te mueves por lugares que ni siquiera te imaginas?
A ella le habían prometido París y él ni siquiera había sido valiente ni como para dejarla como Roma. Que no habían sido ni Roma, ni Amor, ni Ruina. Habían sido Odio, Éxtasis y unas cervezas de más. Y él había cruzado un océano por llegar a esa instantánea felicidad un sábado por la noche, y ella se había ahogado en ese océano persiguiéndole cuando se iba.
Y se quedó sola. Sola con promesas vacías, con un cigarro en la mano y con mil y un palabras que de tanto llevarse el viento habían dado la vuelta al mundo y se habían quedado con ella; que la echaban de menos, decían. Y ella no era lo suficientemente fuerte para quitárselas de encima; o quizá fuera justo lo contrario, y su valentía y fuerza le hicieran quedarse con ellas.
Y creyó en ellas, porque se había acostumbrado a ellas, porque había reído, llorado y nadado entre ellas. Y es que hasta se había ahogado. Y se seguía ahogando a día de hoy, pero había aprendido a respirar bajo el agua de la decepción.
Pero nunca aprendió a vivir bajo ella, y tampoco aprendió a olvidar.
Y le echaba de menos, pero el maldito océano les seguía separando, y, joder, Roma seguía estando muy lejos.
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