Todas las noches me pregunto dónde estarás. Y si me echarás de menos. No me gusta contestarme.
A veces recuerdo cuando llovía y a mí me daba igual, pero que tú no soportabas la lluvia. Y bajabas a mojarte únicamente por mí. Te mojabas por mí, y luego eras tú el que más disfrutaba.
También pienso en si sigues yendo a nuestro banco, y si, quizás, eches de menos mi sonrisa junto a la tuya. Yo sí lo hago. O si simplemente te acuerdas de mí con una canción de los Rolling o de Arctic Monkeys. O si prefieres echarme de menos a la vieja usanza, acordándote de cada lunar de mi cuerpo.
Yo sí lo hago, me acuerdo de ti. En sentido estricto y figurado. Y también te echo de menos.
Me gusta acordarme de ti los domingos, como hoy, esos días en los que no parábamos de hablar, en esos días en los que no parábamos de reír, y las últimas veces no parábamos de discutir. Me gusta recordarte cuando escucho a Elliott Smith y, joder, no veas lo que me destroza. Tú también lo hacías.
Y a veces echo de menos que tú fueras mi bomba atómica. También echo de menos cuando explotábamos en medio de la calle y todos nos miraban pero ni tú ni yo lo podíamos apreciar. Y también echo de menos esa última maldita mañana en ese maldito banco, cuando nos dijimos un hola que significaba adiós.
Pero sobretodo echo de menos que me abrazases cada día y que dijeras que esto era raro, pero insinuases que no lo querías dejar. O a lo mejor capté insinuaciones que no eran.
Porque ahora ya no estás aquí. Y duele.
Joder que si duele.
No puedo aguantar sin ti.
Vuelve.
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