martes, 14 de mayo de 2019

Todo lo que nunca fui capaz de escribirte.

No lo hagas,
por favor 
no te quedes.
No te quedes, 
vete. 
Déjate caer
en un bar de
mala muerte
y olvídame.
No me necesitas,
eres mejor que
eso.
Eres mejor que
yo. 
Por favor,
no te consumas.
Crece sin mí.
Aprende sin mí.
Hazlo con alguien
que no sea yo.
Permíteme
no querer quererte,
no querer tenerte, 
no querer amarte.
Por favor.
Se bueno, 
como siempre lo has sido.
Siento mucho no haberme
dado cuenta.
A veces
el reloj
se para.
Incluso en Suiza 
les pasa
de vez en cuando.
Por favor
no me quieras
tanto
y quiéreme bien.
No quiero más.
No.
No me quieras
ni bien ni mal.
Olvídame, 
destrúyeme, 
hiéreme,
crea sentimientos 
y así sabré
que ha merecido 
la pena.
No.
No me olvides,
no lo hagas.
Por favor,
déjanos morir
como el invierno
no nos dejó nunca.
Déjanos morir
como si no
estuviéramos muertos
ya.
Hazlo.
Hazlo por ti, 
por mí, 
por lo que queda
de nosotros.
Por lo que nunca 
hemos sido.
Por lo que tú nunca
necesitaste.
Por lo que yo siempre 
deseé.
Hazlo ahora,
consume la cerilla,
deja pasar
el tren. 
Deja que el reloj
se pare, 
déjame morir 
y renacer
en otra galaxia,
en otro planeta,
en otra 
realidad.
No me hagas 
esto,
por favor, 
no lo hagas.
No hay alternativa,
vámonos, 
cada uno a una
coordenada,
cada uno a donde
más queramos,
pero no a mí, 
a mí de nuevo 
no,
no lo hagas. 
Por favor, 
cálmate,
el reloj puede
seguir.
Pero no, 
no lo va a 
hacer.
Quiero que se
consuma, 
necesito que se
consuma.
Hazlo, 
por favor. 
Deja las manecillas 
caer.
Aunque sea en un bar
de mala muerte.

miércoles, 21 de marzo de 2018

Rímel en su sitio y alcobas desahuciadas.

Nunca tan acompañada
y tan sola. 
Nunca tan sola 
en soledad
en solitario.
Solamente con mi gato.

Siempre tan ilusa
y tan confundida.
Siempre sin saber resolver
la ecuación.
Solamente con una x en el corazón.
Dispara, capullo,
ya estoy muerta.

A veces azucena 
en el mes de abril,
a veces lluvia torrencial
en el mes de enero. 
Veinticuatro horas 
huracán. 

Nunca tan triste
en temporal de verano, 
nunca tan contenta
con lágrimas rojas
por las mejillas. 

Quiéreme mucho, 
quiéreme bien.
Pero sobre todo,
quiéreme con el rímel
en su sitio,
y no dejes que este
haga que te deje de querer.


sábado, 18 de junio de 2016

¿Qué pasa si te digo que te olvido?

Entras como siempre.
Constante,
con tu chulería al caminar,
y las ojeras debajo de
los ojos miel.
Llevo esperándote
mucho tiempo,
como siempre.
Y llegas a tu ritmo,
acompasado,
como un círculo
hecho con
compás.
Y me miras,
te miro.
Nos miramos por última vez.
Tu tren
acaba de pasar.
19:02.
Has llegado tarde
incluso tú.
Tú,
puntual
cual
reloj suizo.
Tú, que no diferencias un
lo siento,
de un
perdón.
Tú,
horrible resaca del quince
en un martes y trece.
Y yo,
llegando tarde
cada día,
con mi manía
repentina
de quererte a ratos,
de odiarte a pasos,
yo,
que nunca supe diferenciar
las horas del reloj,
que no sabía
calibrar tu reloj suizo.
Yo llego
tarde,
como siempre.
Pero tú me esperas,
como nunca,
en el banco 51,
sin saber que yo,
obsesa de las metáforas
irreconocibles,
no voy a aparecer
a las 19:06.
Porque no voy hasta ti.
Constante,
como siempre,
pero rota.
Y es que hay veces
que es mejor romper
tú mismo las hojas del calendario.
Y es que hay veces
que es mejor olvidar
el puto calendario,
y el horario de tu tren;
que pasa,
constante,
como siempre,
pero que no cogeré nunca.
No porque no llegue,
como siempre,
sino porque ya no quiero cogerlo,
como nunca.






domingo, 20 de marzo de 2016

Constante en escribirte, culpable de hacerlo.

Media hora.
Ha pasado media hora desde que te he empezado a escribir. He empezado de siete maneras distintas, borrando cada palabra. 
Ya no sé escribirte. 
Y no entiendo por qué, si te sigo leyendo en verso,
y te sigo 
escuchando
en prosa.
Sigues siendo la mejor canción
de verano, 
el mejor poema escrito 
una noche de primavera,
la mejor calada de un cigarro
a medio fumar.
Sigues siendo,
porque eres constante.
Costumbre,
quizá.
Pero nunca algo cotidiano,
algo que no quieres que sea 
pero es-
eres esa casa empezada
por el tejado,
ese día de playa
y helado,
esa guitarra mal afinada,
esos acordes 
sin compás.
Eres yo, 
en pequeñas porciones,
en constantes infinitos,
En constante,
efímero, 
duradero, 
pasajero.
Pero constante.
Siempre tú, 
sin un 
por qué establecido,
sin una causa específica,
Eres imán,
llego a ti
sin querer 
o queriendo.
Llego a ti 
en prosa
y también en verso.
Llego.
Pero siempre tarde.
Porque tú te vas,
y yo cojo el siguiente tren,
sin destino 
ni manera de encontrarnos.
Sin pasajero 
que me diga dónde termina esta 
variable constante,
este infinito mal acabado.
¿Dónde estás?
Ya no sé escribirte,
y cómo hacerlo,
si la tinta se termina, 
el tiempo se agota, 
y cada vez dueles menos, 
y cada vez te echo menos
en falta. 
Y cada vez entiendo peor 
esta faceta tuya.
Esta manera de aparecer 
en mi vida 
cuando estoy a punto 
de pasar página, 
pero cómo voy a pasar página;
si eres un puto libro entero,
si ni millones de hogueras 
de San Juan 
podrían quemar
nuestra puta historia,
nuestras mañanas de sábado 
en el maldito banco 
que hicimos nuestro,
nuestro ''donde siempre'',
nuestras miradas de complicidad
en el colegio
y nuestros saludos esquivos 
cuando la gente estaba delante.
Y cómo borrar nuestro best seller,
si ni siquiera Japón está demasiado lejos
para poder sentirte distante.
Porque eres constante,
estés cerca
o no,
estés conmigo
o con ella. 
Estés 
o simplemente te vayas.

Una hora y media,
y todavía no sé escribirte.
Tal vez esa es la mejor constante.
El no saber,
pero terminar haciéndolo. 
Como siempre,
porque tiendo 
a ti,
como si fuéramos
esas dos golondrinas
que un día juraron 
amarse 
y quisieron cumplirlo
incluso cuando no deberían 
hacerlo.
Y supongo que esa es la constante.
Tú, yo,
pero nunca
nosotros.
Porque tú eres calma
y yo soy caos, 
y lo único que conseguimos
es desastre.
Un desastre maravilloso, 
pero a veces las ruinas
cansan.
A veces pesan sobre la espalda,
y por eso a lo mejor ya no sé escribirte,
pero quizá ya no quiero escribirte,
porque tú no eres esa golondrina
de hace tiempo,
y yo no quiero jurar
quererte 
si con ello 
me lleno el pecho 
de heridas.
Por eso no sé escribirte,
pero ya no sé cómo hacerlo,
porque ya no sé cómo querer hacerlo.
Porque esta constante 
es demasiado débil 
para seguir viviendo.
Y no quiero que siga,
porque ahora eres tú el que llega 
tarde. 
Ahora es mi tren el que no 
pasa a tu hora,
ahora la golondrina
que una vez
decidió tirarse al vacío
ha aprendido a volar.
Sin ti,
aunque hayas sido constante,
o sigas siéndolo.



martes, 1 de septiembre de 2015

[Des]esperar.

Tiempo.
A veces siento que me falta,
otras, que me sobra,
me ahoga.
Después llegan esos días,
donde los martes se convierten en domingos,
y los lunes son solo un mal recuerdo
de los sábados bañados en agua.
Y ya no sé ni en qué día vivo.
Tal vez ha sido
porque tú no estabas
para arrancar las hojas del calendario.

El reloj sigue 

con su insistente tic-tac.
¿Dónde estás?
Odio esperar. 

19:04.

No vas a venir.
En realidad, nunca has estado.
De vez en cuando el tiempo sobra.
A veces falta el aire.
Faltas tú.

Ruina.

Catástrofe.

Las vías del tren se han convertido 

en mi mejor compañía.
Me susurran que me acerque cada vez
que me siento a esperarte 
en algún banco de la estación.
Pero tú no vas a llegar.

Me sobra el tiempo

si lo sigo perdiendo
en esperar a alguien que nunca 
intentaría encontrarme.

19:35.

Han pasado dos trenes.
Madrid- Barcelona.
Valencia- Madrid.
No sé qué hago aquí.

22:00.

Vacío. 
Los bares están repletos de personas
que nunca han sentido romperse, 
o a lo mejor ya están rotas.
Pero ninguna de ellas eres tú.

22:10.

Primera cerveza de la noche.
Sola.
Me pregunto si te he perdido,
si nunca volverás a tomar una cerveza así,
conmigo.
En este antro de mierda,
donde nuestras tardes se convertían en risa,
sin prisas.
Ni tic-tacs
que el puto reloj seguía marcando
mientras, 
aún sabiendo que te había perdido,
te seguía esperando. 

Es sábado.

O lunes.
Solo sé que llueve. 
Y que tú no estás aquí para arrancar
las putas hojas del calendario.

martes, 23 de junio de 2015

Escala de grises desacorde.

Hoy es un día triste,
es un día gris.
Tú no estás conmigo,
yo sigo echándote de menos.
Eres el mejor insomnio
que alguien puede sufrir. 
Mi corazón te odia,
te quiere, 
me desespera.
Quiero coger un puto avión
y llegar a dónde estés,
pero no sé cómo llegar
a ti.
Cuánto te echo de menos.
Y a mí.
A tu sonrisa 
en mis labios,
a tu mejilla 
en mis hombros.
A ti. 
A mí. 
A nosotros. 
Hoy es un día triste,
gris. 
Medio negro. 
Del color del cielo
por las noches 
cuando hay luna nueva
y a las estrellas le da miedo salir.
Ellas también te echan de menos.
Son grises.
Tan grises
como se tornaban
tus ojos 
al mirarme cuando
el sol no hacía más que cegarte.
Y cuánto nos cegó a los dos. 
Espero que me eches de menos.
Que recuerdes las mañanas compartidas.
Que al menos tú,
hayas sabido llegar a la orilla.
Yo me he estancado 
en el puerto.
En la escala de los grises.
En el echar[te] de menos. 

lunes, 13 de abril de 2015

Problemas en A y en B. En negro y blanco. Nunca gris.

A veces el problema 
es matemático.
Lo jodido viene
cuando no resuelves la ecuación.

O cuando no te resuelven.


A veces el error 

es sistemático. 
Es simple. 
Es como cuando intentas
entender toda la trigonometría
en una sola hora. 
Solo que al revés.
Es tocar tus lunares. 
El problema es ese.
El error es ese.

Porque no te resuelven. 

Te reducen, 
te seducen. 
Y las carcajadas 
por Madrid se quedan 
en '' tequieros'';
o más bien en tequilas.

A veces la caída

es sin paracaídas
y el suicida se acuchilla
con una tijera.
A veces los errores 
van en plan B.

Como enamorarse. 

Y es que,
a día de hoy, 
ni el mejor suicida
me ha podido explicar
el porqué de que todos
se quieran tirar en 
tu sonrisa. 
Tienes la pena capital 
en disparar tus 
comisuras hacia arriba
y provocar la mejor carcajada 
que ha oído Madrid
en muchos de sus días.

Y ese es un problema,

el problema de enamorarse 
de la sonrisa,
de la risa de un chico
de x años y mil toques de colonia.
O de la risa de una chica 
con más curvas 
que la carretera de
Cuenca a Sevilla.

El problema es enamorarse 

y que nadie te resuelva.
O que nadie te salve.