Hoy he tenido la sensación de que estabas a mi lado en la cama. Qué disparate. He recordado tus manos en mi cintura y se me ha caído el mundo, o yo me he caído en él. Sí, creo que lo segundo es más correcto. Me di una buena hostia contra la realidad. No estás aquí. Y ahora me pregunto si alguna vez lo llegaste a estar de verdad. Y si nuestro banco seguirá siendo nuestro.
Hoy me he planteado ir, pero se me ha hecho un nudo en la garganta al pensar que, si voy, tendré la dichosa manía de mirar si vienes, y, joder, esta vez no vas a llegar. Te echo de menos. Y ya me jode hasta decirlo.
Hoy me he despertado con frío, quería que me abrazases. Pero no pudo ser. Qué irónico, nunca pudo ser nada contigo. Y yo lo hubiera dado todo por ti. Me estoy congelando, tú ya no quemas.
Ni ardes conmigo.
Ahora me pregunto si alguna vez llegamos a quemar.
O si tú eras simplemente hielo y yo ardía sola.
Hoy he dado siete pasos en falso, no sabía hacia dónde dirigirme y me fui directa hasta el camino que mejor sabía. El de tu casa. Pero, joder, tú no estabas. Y tampoco me esperabas. Y me acordé de cómo odiabas que llegase tarde, de cómo me echabas una mala mirada por retrasarme. ''Si llegas tarde tengo menos tiempo para estar contigo'' decías. Y ahora llego antes siempre, siempre antes. Y espero yo. Pero no llegas... creo que empiezo a entender por qué odiabas la espera. Temías que no llegara; pero siempre lo hacía, joder.
Y yo, aquí, ahora, esperando el tren de las tres también te espero a ti. Pero sé que no vas a llegar, porque ni siquiera sabes que me voy. Y aunque lo supieras tampoco cambiaría nada.
Tú tan de Serrat y yo tan de Sabina.
Tú tan Barcelona y yo tan Madrid.
Tú siempre antes, yo tan de después.
Pero tú ahora no, y yo, joder, yo sigo aquí.
Y te echo de menos.
miércoles, 31 de diciembre de 2014
lunes, 29 de diciembre de 2014
Cada domingo como un lunes, cada lunes como un domingo. Los sábados son cerveza y tequila, sin más.
Siento sin sentir. Me han quitado las ganas de vivir pero sigo aquí, con energía y poder para ir tachando los días en el calendario. Aunque los confundo. Pienso que los lunes son domingos y, los domingos, lunes. Los martes me parecen eneros y los sábados son cerveza y tequila, sin más. Normal que los confunda, joder.
Estoy harta de verte marchar los domingos, de ver cómo regresas los viernes y de cómo me olvidas los lunes. Los días de la semana ya no tienen el mismo sentido desde que has llegado. Que me has roto los esquemas, en vez de romperlos conmigo, y que me has hecho Roma sin pasar primero por París. Y, joder, las cosas no son así. Déjame en ruinas después de hacerme la ciudad más romántica del planeta. Déjame en catástrofe solo si es amor catastrófico y si no vas a cruzar el océano y me vas a dejar sola otra vez.
Estoy harta de decirte hola cuando sé que después vendrá un adiós, y me toca los cojones no tener la seguridad de que después de un adiós siempre habrá un hola.
Y estoy harta de las expectativas, de las formas, del qué dirán y del qué dirás. Estoy harta de tener que comportarme y no poder decirte que te echo de menos, porque eso no tiene sentido. ¿Pero cuándo tiene sentido esta mierda? Se me acaba el espacio, el tiempo y las ideas.
Ya no sé qué escribir si no es sobre ti.
Madrid es bonita.
Le faltamos nosotros en Sol y besándonos en Gran Vía.
sábado, 20 de diciembre de 2014
Inviernos dolorosos y fríos, sin amor y sin abrazos en forma de abrigos.
El invierno es para pasarlo con alguien. Para compartirlo con alguien. Para abrazarlo con alguien.
Y cuando te das cuenta de que no lo pasas con nadie, que no tienes con quién compartirlo y que ese alguien no te está abrazando te das cuenta de que el invierno duele. Y no solo porque te deja las manos a -29 grados (que también). Te duele porque el frío duele, y no hay mayor dolor que sentir el frío en soledad.
Mi cama se siente sola, y no sé si es porque me echa de menos a mí o es porque te quiere a ti en ella. Creo que le he hablado tanto de ti por las noches que le he pegado ese deseo de tenerte.
Preferiblemente en invierno...así puedes quitarme el frío. Y la ropa. Y el alma. Y también quitarme el dolor.
Joder, el invierno me duele. Y me duele no tenerte aquí conmigo. Y me duele estar escribiendo esta mierda en vez de estar en tus brazos, en tu cama o sentada en tu escritorio distrayéndote para que cambies estudiar esas mierdas por estudiar biología. Mi biología, para ser exactos.
Pero exactamente no sé a qué me refiero con ser exactos. Porque yo soy un puto desastre y tú no me sabes calar, y yo solo doy caladas a los cigarrillos de la mañana y ya ni siquiera sé si el desastre soy yo o lo es este invierno que no estamos pasando juntos.
Fuera llueve aunque aquí dentro no se queda corto. Pero la lluvia de fuera no me hace sangrar y ahora mismo me pregunto si esa maldita lluvia será la que estás disfrutando tú. Sin mí.
Y pasa el tiempo, y yo sigo echándote de menos cuando no debería hacerlo y el invierno me sigue insistiendo en que debo pasarlo con alguien, pero a mí no me vale ya nadie que no seas tú. Por eso duele la estación más fría del año y por eso tú también dueles. Porque el frío se soporta con el calor que te da una persona en un abrazo y eso, amigo, cuando estás solo no lo tienes.
El invierno está para pasarlo con alguien. O para pasarlo con la soledad.
jueves, 4 de diciembre de 2014
Nadó entre promesas y se terminó ahogando.
Creía en las promesas tanto como en el aire; no las veía ni las notaba, pero sabía que estaban ahí. Su problema siempre fue que no se le daba bien creer sin ver. Joder, si le habían inculcado un Dios desde que había ido al colegio y seguía siendo tan atea como cuando había nacido.
Pero las promesas jodieron viva su lógica, empezó a creer ciegamente y no vio que lo próximo que se encontraría sería una pared. La pared que él había puesto entre ellos, entre ese ''nosotros'' que tanto les había costado formar.
Sus promesas nunca fueron de película, ni fueron bonitas; ni siquiera platónicas. Eran palabras que se llevaba el viento, palabras en las que ella creyó y terminó ahogándose. Él había guiado su ilusión por caminos oscuros y peligrosos y la había arrojado al océano cuando ni siquiera sabía nadar, porque no sabía dónde estaba. ¿Y cómo te mueves por lugares que ni siquiera te imaginas?
A ella le habían prometido París y él ni siquiera había sido valiente ni como para dejarla como Roma. Que no habían sido ni Roma, ni Amor, ni Ruina. Habían sido Odio, Éxtasis y unas cervezas de más. Y él había cruzado un océano por llegar a esa instantánea felicidad un sábado por la noche, y ella se había ahogado en ese océano persiguiéndole cuando se iba.
Y se quedó sola. Sola con promesas vacías, con un cigarro en la mano y con mil y un palabras que de tanto llevarse el viento habían dado la vuelta al mundo y se habían quedado con ella; que la echaban de menos, decían. Y ella no era lo suficientemente fuerte para quitárselas de encima; o quizá fuera justo lo contrario, y su valentía y fuerza le hicieran quedarse con ellas.
Y creyó en ellas, porque se había acostumbrado a ellas, porque había reído, llorado y nadado entre ellas. Y es que hasta se había ahogado. Y se seguía ahogando a día de hoy, pero había aprendido a respirar bajo el agua de la decepción.
Pero nunca aprendió a vivir bajo ella, y tampoco aprendió a olvidar.
Y le echaba de menos, pero el maldito océano les seguía separando, y, joder, Roma seguía estando muy lejos.
Pero las promesas jodieron viva su lógica, empezó a creer ciegamente y no vio que lo próximo que se encontraría sería una pared. La pared que él había puesto entre ellos, entre ese ''nosotros'' que tanto les había costado formar.
Sus promesas nunca fueron de película, ni fueron bonitas; ni siquiera platónicas. Eran palabras que se llevaba el viento, palabras en las que ella creyó y terminó ahogándose. Él había guiado su ilusión por caminos oscuros y peligrosos y la había arrojado al océano cuando ni siquiera sabía nadar, porque no sabía dónde estaba. ¿Y cómo te mueves por lugares que ni siquiera te imaginas?
A ella le habían prometido París y él ni siquiera había sido valiente ni como para dejarla como Roma. Que no habían sido ni Roma, ni Amor, ni Ruina. Habían sido Odio, Éxtasis y unas cervezas de más. Y él había cruzado un océano por llegar a esa instantánea felicidad un sábado por la noche, y ella se había ahogado en ese océano persiguiéndole cuando se iba.
Y se quedó sola. Sola con promesas vacías, con un cigarro en la mano y con mil y un palabras que de tanto llevarse el viento habían dado la vuelta al mundo y se habían quedado con ella; que la echaban de menos, decían. Y ella no era lo suficientemente fuerte para quitárselas de encima; o quizá fuera justo lo contrario, y su valentía y fuerza le hicieran quedarse con ellas.
Y creyó en ellas, porque se había acostumbrado a ellas, porque había reído, llorado y nadado entre ellas. Y es que hasta se había ahogado. Y se seguía ahogando a día de hoy, pero había aprendido a respirar bajo el agua de la decepción.
Pero nunca aprendió a vivir bajo ella, y tampoco aprendió a olvidar.
Y le echaba de menos, pero el maldito océano les seguía separando, y, joder, Roma seguía estando muy lejos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)