Cada mañana la echaba de menos. Y ya no sabía si levantarse de la cama servía para algo, porque ella no estaría en el otro lado atándose los playeros para irse antes de que el despertador de la habitación de su casa sonase. No le veía el sentido a desayunar si no lo hacía mientras ella tarareaba feliz por su cocina porque era sábado y podrían pasar dos días juntos. No le encontraba lógica a salir a la calle sin que ella fuese agarrada de su mano.
Tampoco comprendía por qué el sol brillaba en lo alto del cielo cuando debería estar lloviendo, como él lo estaba por dentro. Se reía irónico porque sabía que eso era el puto karma, y que se lo estaba devolviendo todo a la vez. Se encendía un cigarrillo cada vez que intentaba pronunciar su nombre, y ya no sabía cuántas cajetillas al día tendría que fumar si de verdad fumase todo lo que querría fumar por no echarla tanto de menos.
Se sentaba todos los días en ese estúpido banco y se arrepentía al segundo de haberse sentado. La echaba de menos, joder. Y el corazón ya estaba hasta los cojones de pasarse por el hospital y que lo único que le recetasen fuera tiempo. No quería más tiempo si lo tenía que pasar sin ella. Prefería vivir un minuto con ella que hacerlo con alguien cualquiera durante ocho años. Lo tenía muy claro, lo pensaba cada mañana mientras se fumaba un cigarro.
Ella cada mañana se levantaba porque tenía que levantarse, se duchaba porque tenía que ducharse y se miraba al espejo cuando ya estaba vestida y con un cigarro en la boca. Solo le encontraba sentido a lo último. Así intentaba olvidarse de su jodida risa que se había grabado en su cabeza, en sus oídos y, lo peor, en su estúpido corazón que ya ni iba al médico, ya estaba acostumbrado a la maldita recomendación que le hacían. Pero no quería tiempo. No necesitaba tiempo para olvidar. Porque ella no quería olvidar, ella le quería a él. Y eso no se consigue olvidándole.
No había vuelto a ningún sitio al que ellos dos solían ir, no se sentía con fuerzas porque sabía que no lo aguantaría. Que encontraría aquel maldito banco vacío y que no sabría llevarlo. Porque eso antes no era así. Antes él la esperaba allí todas las mañanas antes del instituto, para darse los buenos días y desearse suerte en las siguientes seis horas que les tocaban a cada uno. Iban siempre, incluso cuando habían pasado la noche juntos y se habían visto media hora antes. Era una rutina. Una rutina de la que ella nunca se habría cansado y ya nunca volvió a hacer. Ni volvería a hacer. Como tampoco pasaría por ese banco en ningún otro momento. Lo tenía muy claro, lo pensaba cada mañana mientras se fumaba un cigarrillo.
Se echaban de menos, pero nunca echaban de más el tabaco, y qué irónico es saber que era lo único que les separaba.
jueves, 30 de octubre de 2014
París es romanticismo, no amor.
No sabía por qué pero la echaba de menos. A ella, esa chica que nunca había significado nada. Pelo castaño y sonrisa bonita, a veces triste. ¿Por qué la echaba de menos? Nunca la había tratado como a alguien especial, y ahora el karma hacía de las suyas y se lo devolvía todo en un plato servido congelado. Tan frío como él lo había sido con ella.
Ella también le echaba de menos, pero no de la misma forma. Aunque sí añoraba los momentos que habían compartido. Nunca habían sido nada pero en ese mismo momento habrían jurado haberlo sido todo.
Recordaba cómo se arreglaba el pelo después de haber pasado la noche con él, y también recordaba que le sonreía mientras le decía hasta pronto. Ahora se preguntaba si habría un pronto de nuevo, y cuándo sería ese posible momento.
Ella era diferente, ella se acordaba de él con una cerveza en la mano, apoyado en la barra y mirándola mientras bailaba. Dudaba si eso era amor, porque de todas las cosas que habían vivido, le gustaba recordar el momento menos romántico que alguna película ha vivido en toda la historia del cine. Pero claro que era amor; y claro que no salía en las películas. Las comedias románticas nunca hablan del amor. Hablan del romanticismo y de cómo una persona se te declara por la noche en París mientras paseáis por los Campos Elíseos. Venga ya. El amor no es eso. El amor era lo que ella sentía. Era necesitarle sin necesitarlo. Querer quererle sin hacerlo. Llorar por él sin lágrimas y prometerse a cada cigarrillo que se olvidará de él. Cosa que nunca hace, al igual que tampoco deja de fumar.
Él seguía pensando en ella como la chica que le había quitado el aliento en aquella discoteca. Seguía hablando de ella en sueños. Seguía sin querer sentir nada y ya lo sentía todo. Pero no estaba seguro de que eso fuera amor. Pero, joder, claro que lo era. Hubiera ido hasta París y se le hubiera declarado a medianoche en los Campos Elíseos. Y eso era amor, ¿o no? Claro que era amor. Como también lo era recordarla a cada cerveza y con cada cigarro.
Por eso se echaban de menos, porque cada uno sentía un amor distinto y hacía que se alejasen. Eran como polos opuestos mal hechos, que en vez de atraerse se repelían. Y no lo sabían. Pero se querían, claro que lo hacían. Aunque él fuera más romántico y ella más realista. Se querían, y París lo llegaría a saber, o a lo mejor París no, pero Las Vegas tal vez.
lunes, 27 de octubre de 2014
Suicidios en tus pestañas que salvan tus pupilas.
Hay veces que saltar al vacío me parece la mejor opción, aunque únicamente si en la caída me pueden salvar tus pupilas.
Pero, quizás, algo falle. Puede que el abismo sean tus pestañas y que nada de esto tenga sentido.
Y tal vez solo sea el sueño, que me pide que duerma pero tus ojos me impiden conciliar cualquier sueño o pesadilla.
O a lo mejor se me queda grande soñar, porque no sé qué soñar si no es contigo.
Dueles. Me dueles.
Y las espinas me hacen sangrar. Tus espinas me hieren.
Y lo peor de todo es que tengo la manera de sacarlas, pero no quiero. Porque es la única manera de seguir teniéndote, de seguir sintiéndote.
Tal vez sea masoca, pero prefiero sangrar contigo que curarme sin ti.
Prefiero primaveras heladas a inviernos cálidos.
Prefiero el abismo de tus pestañas.
Me dueles,
siempre me dueles.
Pero, quizás, algo falle. Puede que el abismo sean tus pestañas y que nada de esto tenga sentido.
Y tal vez solo sea el sueño, que me pide que duerma pero tus ojos me impiden conciliar cualquier sueño o pesadilla.
O a lo mejor se me queda grande soñar, porque no sé qué soñar si no es contigo.
Dueles. Me dueles.
Y las espinas me hacen sangrar. Tus espinas me hieren.
Y lo peor de todo es que tengo la manera de sacarlas, pero no quiero. Porque es la única manera de seguir teniéndote, de seguir sintiéndote.
Tal vez sea masoca, pero prefiero sangrar contigo que curarme sin ti.
Prefiero primaveras heladas a inviernos cálidos.
Prefiero el abismo de tus pestañas.
Me dueles,
siempre me dueles.
Cambios de horario sin ti.
Me pregunto por qué se me pasa tan despacio el tiempo, si será por el cambio de hora o porque no estás aquí a mi lado.
Son ya meses...mucho tiempo. Y yo no puedo aguantar más sin ti. En todas partes te veo y después nunca te miro.
Somos como la canción que un día un poeta se negó a terminar, como si al año le faltase diciembre o como si febrero contase con días de más.
Fuimos esa llamada de socorro que todo el mundo necesita y que nadie pide; hasta los policías me preguntan por ti.
No me preocupa que se sepa que te echo de menos, porque lo hago. Y no me importa que la lluvia hoy no deje caer, ya no me hace pensar en ti, porque es imposible pensarte más de lo que ya lo hago.
Me pregunto si tendrás algo que ver con que el tiempo me pase tan lento, o si solo se trata del maldito cambio de hora.
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