Entras como siempre.
Constante,
con tu chulería al caminar,
y las ojeras debajo de
los ojos miel.
Llevo esperándote
mucho tiempo,
como siempre.
Y llegas a tu ritmo,
acompasado,
como un círculo
hecho con
compás.
Y me miras,
te miro.
Nos miramos por última vez.
Tu tren
acaba de pasar.
19:02.
Has llegado tarde
incluso tú.
Tú,
puntual
cual
reloj suizo.
Tú, que no diferencias un
lo siento,
de un
perdón.
Tú,
horrible resaca del quince
en un martes y trece.
Y yo,
llegando tarde
cada día,
con mi manía
repentina
de quererte a ratos,
de odiarte a pasos,
yo,
que nunca supe diferenciar
las horas del reloj,
que no sabía
calibrar tu reloj suizo.
Yo llego
tarde,
como siempre.
Pero tú me esperas,
como nunca,
en el banco 51,
sin saber que yo,
obsesa de las metáforas
irreconocibles,
no voy a aparecer
a las 19:06.
Porque no voy hasta ti.
Constante,
como siempre,
pero rota.
Y es que hay veces
que es mejor romper
tú mismo las hojas del calendario.
Y es que hay veces
que es mejor olvidar
el puto calendario,
y el horario de tu tren;
que pasa,
constante,
como siempre,
pero que no cogeré nunca.
No porque no llegue,
como siempre,
sino porque ya no quiero cogerlo,
como nunca.