martes, 1 de septiembre de 2015

[Des]esperar.

Tiempo.
A veces siento que me falta,
otras, que me sobra,
me ahoga.
Después llegan esos días,
donde los martes se convierten en domingos,
y los lunes son solo un mal recuerdo
de los sábados bañados en agua.
Y ya no sé ni en qué día vivo.
Tal vez ha sido
porque tú no estabas
para arrancar las hojas del calendario.

El reloj sigue 

con su insistente tic-tac.
¿Dónde estás?
Odio esperar. 

19:04.

No vas a venir.
En realidad, nunca has estado.
De vez en cuando el tiempo sobra.
A veces falta el aire.
Faltas tú.

Ruina.

Catástrofe.

Las vías del tren se han convertido 

en mi mejor compañía.
Me susurran que me acerque cada vez
que me siento a esperarte 
en algún banco de la estación.
Pero tú no vas a llegar.

Me sobra el tiempo

si lo sigo perdiendo
en esperar a alguien que nunca 
intentaría encontrarme.

19:35.

Han pasado dos trenes.
Madrid- Barcelona.
Valencia- Madrid.
No sé qué hago aquí.

22:00.

Vacío. 
Los bares están repletos de personas
que nunca han sentido romperse, 
o a lo mejor ya están rotas.
Pero ninguna de ellas eres tú.

22:10.

Primera cerveza de la noche.
Sola.
Me pregunto si te he perdido,
si nunca volverás a tomar una cerveza así,
conmigo.
En este antro de mierda,
donde nuestras tardes se convertían en risa,
sin prisas.
Ni tic-tacs
que el puto reloj seguía marcando
mientras, 
aún sabiendo que te había perdido,
te seguía esperando. 

Es sábado.

O lunes.
Solo sé que llueve. 
Y que tú no estás aquí para arrancar
las putas hojas del calendario.

martes, 23 de junio de 2015

Escala de grises desacorde.

Hoy es un día triste,
es un día gris.
Tú no estás conmigo,
yo sigo echándote de menos.
Eres el mejor insomnio
que alguien puede sufrir. 
Mi corazón te odia,
te quiere, 
me desespera.
Quiero coger un puto avión
y llegar a dónde estés,
pero no sé cómo llegar
a ti.
Cuánto te echo de menos.
Y a mí.
A tu sonrisa 
en mis labios,
a tu mejilla 
en mis hombros.
A ti. 
A mí. 
A nosotros. 
Hoy es un día triste,
gris. 
Medio negro. 
Del color del cielo
por las noches 
cuando hay luna nueva
y a las estrellas le da miedo salir.
Ellas también te echan de menos.
Son grises.
Tan grises
como se tornaban
tus ojos 
al mirarme cuando
el sol no hacía más que cegarte.
Y cuánto nos cegó a los dos. 
Espero que me eches de menos.
Que recuerdes las mañanas compartidas.
Que al menos tú,
hayas sabido llegar a la orilla.
Yo me he estancado 
en el puerto.
En la escala de los grises.
En el echar[te] de menos. 

lunes, 13 de abril de 2015

Problemas en A y en B. En negro y blanco. Nunca gris.

A veces el problema 
es matemático.
Lo jodido viene
cuando no resuelves la ecuación.

O cuando no te resuelven.


A veces el error 

es sistemático. 
Es simple. 
Es como cuando intentas
entender toda la trigonometría
en una sola hora. 
Solo que al revés.
Es tocar tus lunares. 
El problema es ese.
El error es ese.

Porque no te resuelven. 

Te reducen, 
te seducen. 
Y las carcajadas 
por Madrid se quedan 
en '' tequieros'';
o más bien en tequilas.

A veces la caída

es sin paracaídas
y el suicida se acuchilla
con una tijera.
A veces los errores 
van en plan B.

Como enamorarse. 

Y es que,
a día de hoy, 
ni el mejor suicida
me ha podido explicar
el porqué de que todos
se quieran tirar en 
tu sonrisa. 
Tienes la pena capital 
en disparar tus 
comisuras hacia arriba
y provocar la mejor carcajada 
que ha oído Madrid
en muchos de sus días.

Y ese es un problema,

el problema de enamorarse 
de la sonrisa,
de la risa de un chico
de x años y mil toques de colonia.
O de la risa de una chica 
con más curvas 
que la carretera de
Cuenca a Sevilla.

El problema es enamorarse 

y que nadie te resuelva.
O que nadie te salve.

miércoles, 28 de enero de 2015

Nuestro banco, siempre nuestro.

Hoy he ido a nuestro banco. Estaba igual que siempre. Seguía siendo de tablones de madera estropeados y sin barniz, y seguía teniendo el chicle pegado entre dos tablones que tantas veces te dije que odiaba.
Estaba en el mismo lugar, pero aún así lo encontré diferente. Me faltaba algo para que estuviera completo. Me faltabas tú.
Me quedé un rato en él, y contemplé el parque que tenía en frente. Había, como siempre, un padre y unos niños jugando. Y me pregunté si les habría visto meses atrás antes, cuando también miraba ese parque mientras te esperaba. Hoy hacía lo mismo, pero tú no llegaste.
También me fijé en el señor que siempre pasaba con el periódico bajo el brazo que nos miraba sonriendo y negaba con la cabeza. Nunca te lo dije, pero creo que le recordamos a su pasado. Siempre quise preguntarle, pero, como muchas veces, me faltó el valor. Como contigo, porque si no, tal vez, podría haberle preguntado hoy junto a ti.
También pasaron ese padre y ese hijo. Sí, ese niño rubito que siempre se paraba a nuestro lado y su padre se excusaba con vergüenza. Hoy el niño también se paró, pero el padre no me pidió disculpas. Me miró a los ojos, como tantas otras veces, y me sonrió sin vergüenza. Sin disculpa. Pero con pena. Entendió antes que yo qué estaba pasando.
A mí todavía me cuesta entenderlo.
Fui allí porque creía que estarías.
Pero no estabas. Y yo en el fondo lo sabía.
No encontré mejor manera de olvidarte que haciéndome daño. Y culpándote por no estar.
Pero claro que no estabas. Tú tren se había ido a las nueve y yo había llegado a las diez. Qué raro, ¿eh? Yo que nunca llego tarde... Soy impuntual hasta en sentimientos.
Total, que el banco seguía igual, el parque seguía siendo el mismo y las personas que pasaban por ahí eran las mismas de siempre. Y te juro que cuando me dio el sol en plena cara y empezaba a calentar, y el viento había parado hasta convertirse en aire, ahí pensé que nada había pasado. Que seguía siendo mayo, y que nadie había arrancado las flores del jardín. Ni que yo las había vuelto a hacer crecer con las lágrimas. Te juro que sentí que todo seguía igual.
Pero no era así. No es así. Tú no estás, joder. Y ya nada puede ser lo mismo.
Nuestro banco te va a echar de menos.
A mí me va a echar de más.