sábado, 18 de junio de 2016

¿Qué pasa si te digo que te olvido?

Entras como siempre.
Constante,
con tu chulería al caminar,
y las ojeras debajo de
los ojos miel.
Llevo esperándote
mucho tiempo,
como siempre.
Y llegas a tu ritmo,
acompasado,
como un círculo
hecho con
compás.
Y me miras,
te miro.
Nos miramos por última vez.
Tu tren
acaba de pasar.
19:02.
Has llegado tarde
incluso tú.
Tú,
puntual
cual
reloj suizo.
Tú, que no diferencias un
lo siento,
de un
perdón.
Tú,
horrible resaca del quince
en un martes y trece.
Y yo,
llegando tarde
cada día,
con mi manía
repentina
de quererte a ratos,
de odiarte a pasos,
yo,
que nunca supe diferenciar
las horas del reloj,
que no sabía
calibrar tu reloj suizo.
Yo llego
tarde,
como siempre.
Pero tú me esperas,
como nunca,
en el banco 51,
sin saber que yo,
obsesa de las metáforas
irreconocibles,
no voy a aparecer
a las 19:06.
Porque no voy hasta ti.
Constante,
como siempre,
pero rota.
Y es que hay veces
que es mejor romper
tú mismo las hojas del calendario.
Y es que hay veces
que es mejor olvidar
el puto calendario,
y el horario de tu tren;
que pasa,
constante,
como siempre,
pero que no cogeré nunca.
No porque no llegue,
como siempre,
sino porque ya no quiero cogerlo,
como nunca.






domingo, 20 de marzo de 2016

Constante en escribirte, culpable de hacerlo.

Media hora.
Ha pasado media hora desde que te he empezado a escribir. He empezado de siete maneras distintas, borrando cada palabra. 
Ya no sé escribirte. 
Y no entiendo por qué, si te sigo leyendo en verso,
y te sigo 
escuchando
en prosa.
Sigues siendo la mejor canción
de verano, 
el mejor poema escrito 
una noche de primavera,
la mejor calada de un cigarro
a medio fumar.
Sigues siendo,
porque eres constante.
Costumbre,
quizá.
Pero nunca algo cotidiano,
algo que no quieres que sea 
pero es-
eres esa casa empezada
por el tejado,
ese día de playa
y helado,
esa guitarra mal afinada,
esos acordes 
sin compás.
Eres yo, 
en pequeñas porciones,
en constantes infinitos,
En constante,
efímero, 
duradero, 
pasajero.
Pero constante.
Siempre tú, 
sin un 
por qué establecido,
sin una causa específica,
Eres imán,
llego a ti
sin querer 
o queriendo.
Llego a ti 
en prosa
y también en verso.
Llego.
Pero siempre tarde.
Porque tú te vas,
y yo cojo el siguiente tren,
sin destino 
ni manera de encontrarnos.
Sin pasajero 
que me diga dónde termina esta 
variable constante,
este infinito mal acabado.
¿Dónde estás?
Ya no sé escribirte,
y cómo hacerlo,
si la tinta se termina, 
el tiempo se agota, 
y cada vez dueles menos, 
y cada vez te echo menos
en falta. 
Y cada vez entiendo peor 
esta faceta tuya.
Esta manera de aparecer 
en mi vida 
cuando estoy a punto 
de pasar página, 
pero cómo voy a pasar página;
si eres un puto libro entero,
si ni millones de hogueras 
de San Juan 
podrían quemar
nuestra puta historia,
nuestras mañanas de sábado 
en el maldito banco 
que hicimos nuestro,
nuestro ''donde siempre'',
nuestras miradas de complicidad
en el colegio
y nuestros saludos esquivos 
cuando la gente estaba delante.
Y cómo borrar nuestro best seller,
si ni siquiera Japón está demasiado lejos
para poder sentirte distante.
Porque eres constante,
estés cerca
o no,
estés conmigo
o con ella. 
Estés 
o simplemente te vayas.

Una hora y media,
y todavía no sé escribirte.
Tal vez esa es la mejor constante.
El no saber,
pero terminar haciéndolo. 
Como siempre,
porque tiendo 
a ti,
como si fuéramos
esas dos golondrinas
que un día juraron 
amarse 
y quisieron cumplirlo
incluso cuando no deberían 
hacerlo.
Y supongo que esa es la constante.
Tú, yo,
pero nunca
nosotros.
Porque tú eres calma
y yo soy caos, 
y lo único que conseguimos
es desastre.
Un desastre maravilloso, 
pero a veces las ruinas
cansan.
A veces pesan sobre la espalda,
y por eso a lo mejor ya no sé escribirte,
pero quizá ya no quiero escribirte,
porque tú no eres esa golondrina
de hace tiempo,
y yo no quiero jurar
quererte 
si con ello 
me lleno el pecho 
de heridas.
Por eso no sé escribirte,
pero ya no sé cómo hacerlo,
porque ya no sé cómo querer hacerlo.
Porque esta constante 
es demasiado débil 
para seguir viviendo.
Y no quiero que siga,
porque ahora eres tú el que llega 
tarde. 
Ahora es mi tren el que no 
pasa a tu hora,
ahora la golondrina
que una vez
decidió tirarse al vacío
ha aprendido a volar.
Sin ti,
aunque hayas sido constante,
o sigas siéndolo.