jueves, 30 de octubre de 2014

Un cigarro por cada vez que intenta decir su nombre.

Cada mañana la echaba de menos. Y ya no sabía si levantarse de la cama servía para algo, porque ella no estaría en el otro lado atándose los playeros para irse antes de que el despertador de la habitación de su casa sonase. No le veía el sentido a desayunar si no lo hacía mientras ella tarareaba feliz por su cocina porque era sábado y podrían pasar dos días juntos. No le encontraba lógica a salir a la calle sin que ella fuese agarrada de su mano. 

Tampoco comprendía por qué el sol brillaba en lo alto del cielo cuando debería estar lloviendo, como él lo estaba por dentro. Se reía irónico porque sabía que eso era el puto karma, y que se lo estaba devolviendo todo a la vez. Se encendía un cigarrillo cada vez que intentaba pronunciar su nombre, y ya no sabía cuántas cajetillas al día tendría que fumar si de verdad fumase todo lo que querría fumar por no echarla tanto de menos. 


Se sentaba todos los días en ese estúpido banco y se arrepentía al segundo de haberse sentado. La echaba de menos, joder. Y el corazón ya estaba hasta los cojones de pasarse por el hospital y que lo único que le recetasen fuera tiempo. No quería más tiempo si lo tenía que pasar sin ella. Prefería vivir un minuto con ella que hacerlo con alguien cualquiera durante ocho años. Lo tenía muy claro, lo pensaba cada mañana mientras se fumaba un cigarro.


Ella cada mañana se levantaba porque tenía que levantarse, se duchaba porque tenía que ducharse y se miraba al espejo cuando ya estaba vestida y con un cigarro en la boca. Solo le encontraba sentido a lo último. Así intentaba olvidarse de su jodida risa que se había grabado en su cabeza, en sus oídos y, lo peor, en su estúpido corazón que ya ni iba al médico, ya estaba acostumbrado a la maldita recomendación que le hacían. Pero no quería tiempo. No necesitaba tiempo para olvidar. Porque ella no quería olvidar, ella le quería a él. Y eso no se consigue olvidándole. 


No había vuelto a ningún sitio al que ellos dos solían ir, no se sentía con fuerzas porque sabía que no lo aguantaría. Que encontraría aquel maldito banco vacío y que no sabría llevarlo. Porque eso antes no era así. Antes él la esperaba allí todas las mañanas antes del instituto, para darse los buenos días y desearse suerte en las siguientes seis horas que les tocaban a cada uno. Iban siempre, incluso cuando habían pasado la noche juntos y se habían visto media hora antes. Era una rutina. Una rutina de la que ella nunca se habría cansado y ya nunca volvió a hacer. Ni volvería a hacer. Como tampoco pasaría por ese banco en ningún otro momento. Lo tenía muy claro, lo pensaba cada mañana mientras se fumaba un cigarrillo.


Se echaban de menos, pero nunca echaban de más el tabaco, y qué irónico es saber que era lo único que les separaba. 

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