jueves, 30 de octubre de 2014

París es romanticismo, no amor.

No sabía por qué pero la echaba de menos. A ella, esa chica que nunca había significado nada. Pelo castaño y sonrisa bonita, a veces triste. ¿Por qué la echaba de menos? Nunca la había tratado como a alguien especial, y ahora el karma hacía de las suyas y se lo devolvía todo en un plato servido congelado. Tan frío como él lo había sido con ella.

Ella también le echaba de menos, pero no de la misma forma. Aunque sí añoraba los momentos que habían compartido. Nunca habían sido nada pero en ese mismo momento habrían jurado haberlo sido todo. 

Recordaba cómo se arreglaba el pelo después de haber pasado la noche con él, y también recordaba que le sonreía mientras le decía hasta pronto. Ahora se preguntaba si habría un pronto de nuevo, y cuándo sería ese posible momento.

Ella era diferente, ella se acordaba de él con una cerveza en la mano, apoyado en la barra y mirándola mientras bailaba. Dudaba si eso era amor, porque de todas las cosas que habían vivido, le gustaba recordar el momento menos romántico que alguna película ha vivido en toda la historia del cine. Pero claro que era amor; y claro que no salía en las películas. Las comedias románticas nunca hablan del amor. Hablan del romanticismo y de cómo una persona se te declara por la noche en París mientras paseáis por los Campos Elíseos. Venga ya. El amor no es eso. El amor era lo que ella sentía. Era necesitarle sin necesitarlo. Querer quererle sin hacerlo. Llorar por él sin lágrimas y prometerse a cada cigarrillo que se olvidará de él. Cosa que nunca hace, al igual que tampoco deja de fumar. 

Él seguía pensando en ella como la chica que le había quitado el aliento en aquella discoteca. Seguía hablando de ella en sueños. Seguía sin querer sentir nada y ya lo sentía todo. Pero no estaba seguro de que eso fuera amor. Pero, joder, claro que lo era. Hubiera ido hasta París y se le hubiera declarado a medianoche en los Campos Elíseos. Y eso era amor, ¿o no? Claro que era amor. Como también lo era recordarla a cada cerveza y con cada cigarro.

Por eso se echaban de menos, porque cada uno sentía un amor distinto y hacía que se alejasen. Eran como polos opuestos mal hechos, que en vez de atraerse se repelían. Y no lo sabían. Pero se querían, claro que lo hacían. Aunque él fuera más romántico y ella más realista. Se querían, y París lo llegaría a saber, o a lo mejor París no, pero Las Vegas tal vez. 

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