Tiempo.
A veces siento que me falta,
otras, que me sobra,
me ahoga.
Después llegan esos días,
donde los martes se convierten en domingos,
y los lunes son solo un mal recuerdo
de los sábados bañados en agua.
Y ya no sé ni en qué día vivo.
Tal vez ha sido
porque tú no estabas
para arrancar las hojas del calendario.
El reloj sigue
con su insistente tic-tac.
¿Dónde estás?
Odio esperar.
19:04.
No vas a venir.
En realidad, nunca has estado.
De vez en cuando el tiempo sobra.
A veces falta el aire.
Faltas tú.
Ruina.
Catástrofe.
Las vías del tren se han convertido
en mi mejor compañía.
Me susurran que me acerque cada vez
que me siento a esperarte
en algún banco de la estación.
Pero tú no vas a llegar.
Me sobra el tiempo
si lo sigo perdiendo
en esperar a alguien que nunca
intentaría encontrarme.
19:35.
Han pasado dos trenes.
Madrid- Barcelona.
Valencia- Madrid.
No sé qué hago aquí.
22:00.
Vacío.
Los bares están repletos de personas
que nunca han sentido romperse,
o a lo mejor ya están rotas.
Pero ninguna de ellas eres tú.
22:10.
Primera cerveza de la noche.
Sola.
Me pregunto si te he perdido,
si nunca volverás a tomar una cerveza así,
conmigo.
En este antro de mierda,
donde nuestras tardes se convertían en risa,
sin prisas.
Ni tic-tacs
que el puto reloj seguía marcando
mientras,
aún sabiendo que te había perdido,
te seguía esperando.
Es sábado.
O lunes.
Solo sé que llueve.
Y que tú no estás aquí para arrancar
las putas hojas del calendario.
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